Cuando hay tantos intereses por hacer de la mentira argumentos, se vuelve necesario desgranar la verdad, con el feminismo pasa lo mismo, mientras un grupo lucha por la igualdad de oportunidades, conquistando espacios con mérito y argumentos, otro prefiere el escrache, el odio y una vara moral que se acomoda según de qué partido sea el agresor.
Hay una diferencia abismal entre la lucha real de millones de mujeres por igualdad de oportunidades, respeto y reconocimiento, y la parodia grotesca que algunos sectores de la izquierda han montado sobre sus espaldas. Una es una causa noble, forjada durante décadas por mujeres que abrieron camino en la ciencia, el arte, el deporte y la política a fuerza de mérito, constancia y coraje. La otra es un espectáculo de pancarta, spray y consigna reciclada, que ha decidido que el feminismo se mide en decibeles de agresividad, desnudos públicos y tomar espacios públicos como retrete.
Conviene decirlo sin eufemismos, el feminismo auténtico no necesita gritar para ser escuchado, porque tiene argumentos. El seudofeminismo, en cambio, necesita gritar precisamente porque no los tiene. Y cuando los argumentos escasean, aparece el show para llamar la atención de la prensa, el vandalismo disfrazado de “expresión legítima”, el insulto como “denuncia estructural”, y la victimización permanente como “conciencia de género”. Es un truco viejo: cuando no se puede convencer, se pretende intimidar.
Nadie de buena fe puede negar que la historia trató a la mujer con una injusticia sistemática que tardó siglos en empezar a corregirse. El derecho al voto, el acceso a la educación superior, la posibilidad de decidir sobre la propia vida sin tutela masculina, la incorporación plena al mundo laboral: todo eso se conquistó con lucha, con inteligencia y, sobre todo, con una enorme capacidad de construir consensos amplios en lugar de trincheras. Ese feminismo el de Marie Curie ninguneada por academias enteras, el de las científicas cuyos descubrimientos firmaban sus colegas varones, el de las deportistas que entrenaban sin auspicios ni reconocimiento, el de las sufragistas que lucharon por su derecho el voto, merece no solo respeto sino continuidad. Todavía hay techos de cristal, todavía hay brechas reales, todavía hay violencia de género que exige políticas serias, sostenidas y sin cálculo electoral. Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es quién se arroga el derecho a hablar en nombre de esa causa.
Porque aquí aparece el otro fenómeno, el que se autoproclamó heredero de esa lucha pero que en realidad la traiciona todos los días. Ese movimiento no busca igualdad, busca dañar a quienes se les opone. No pide equidad, exige privilegios. No construye puentes entre géneros, cava zanjas y después incendia el puente para que nadie pueda cruzar. Su método favorito no es el argumento sino el escrache, la cancelación, el destrozo de un monumento o una vidriera, como si romper cristales fuera sinónimo de romper el patriarcado.
Y aquí llega la parte más incómoda de esta nota, la que el progresismo prefiere que nadie diga en voz alta: ese seudofeminismo es, ante todo, un instrumento político que es una y otra vez utilizado, tan ruidoso que acapara toda la atención mediática. Mientras tanto la mujer que sufre violencia de género, la que gana menos por el mismo trabajo, la que todavía debe pedir permiso implícito para ocupar ciertos espacios, queda en un segundo plano frente a esta militancia partidaria disfrazada de causa universal.
Y ahí aparece la prueba más contundente de esta farsa: la retórica es elástica, se estira o se encoge según convenga. Cuando el agresor de turno pertenece al propio espacio político, el silencio es sepulcral, la solidaridad se esfuma y de golpe aparecen mil matices, contextos atenuantes y llamados a “no hacer leña del árbol caído”. Pero si el señalado es un adversario ideológico, no hay matiz que valga: la maquinaria se activa a toda velocidad, el escrache es inmediato y la condena, sumaria. Ese doble estándar no es un error de cálculo, es la prueba concreta de que para el seudofeminismo militante la violencia de género importa menos que la etiqueta partidaria del violento. Ahí se cae la careta. Ahí queda claro que no defienden mujeres: defienden un espacio de poder.
Donde estuvo ese feminismo, adicta a las redes y prensa, en la causa de Alperovich por abuso sexual, en las violaciones perpetradas por el grupo terrorista Hamas, en el caso y denuncias de Natacha Jaitt, en el escandalo del caso Ábalos del PSOE español, entre otros infinitos ejemplos más en todo el mundo.
Este seudofeminismo tampoco tolera la disidencia interna. Basta con que una mujer piense distinto, con que no adhiera al catecismo de turno, con que se anime a decir que no se siente oprimida por existir, para que sea expulsada del club con el insulto favorito de esta tribu: “traidora al género”, “cómplice del patriarcado”, como si pensar distinto fuera un delito y la libertad individual, un privilegio que solo puede ejercerse si se vota como corresponde. Es, en el fondo, un feminismo profundamente antiliberal, que no confía en la mujer para decidir por sí misma, sino que necesita decidir por ella qué debe pensar, cómo debe vestirse, qué debe indignarle y a quién debe odiar esta semana.
El problema de fondo es que esta impostura le hace un daño enorme a la causa legítima. Cada pared vandalizada o vidriera rota en nombre del feminismo resta simpatía a las mujeres que de verdad la pasan mal y necesitan que la sociedad las escuche. Cada consigna de odio genérico al varón, como si la mitad de la humanidad fuera culpable por nacer con determinado cromosoma, convierte una lucha por la igualdad en una cruzada de resentimiento que ningún hombre de buena voluntad puede acompañar sin sentirse agredido de antemano. Y cada vez que la violencia de género se usa como munición política selectiva, se banaliza el sufrimiento real de las víctimas, reducido a material de campaña.
El feminismo verdadero no necesita quemar nada. Necesita que se reconozca el mérito de la científica, que se pague igual por igual trabajo, que se erradique la violencia real sin importar de qué lado del mostrador político esté el agresor, y que se celebre, sin cuota ni condescendencia, a la mujer que triunfa por talento propio. Eso es revolucionario de verdad, mucho más que cualquier pintada en una pared. Lo demás, el ruido, el garrote ideológico y la doble vara, no es feminismo: es su caricatura más ruin, puesta al servicio de intereses que nada tienen que ver con la mujer y mucho con el poder.
Nelson Damian Cabral
Periodista / Asesor en comunicación










