Curicó tiene de todo: historia, comercio, restaurantes, viñas… y un cielo que parece plato de tallarines. Porque si algo sobra en la ciudad no son árboles ni sombras, son cables colgando, cruzando, enredados y a punto de decapitar transeúntes, muchos de ellos en evidente desuso.
Lo más curioso o indignante es que existe una ordenanza municipal desde el año 2007, clara, precisa y con dientes: multa de 5 UTM por cada cable instalado a menos de 4 metros de altura. Sí, por cada cable. No por poste. No por cuadra. Por cable. Una mina de oro para ordenar la ciudad… y para recaudar.
La normativa fue creada cuando Celso Morales era alcalde. Desde entonces, han pasado administraciones, concejos completos, campañas, promesas y discursos. ¿Fiscalizaciones? Cero. ¿Multas? Ninguna. ¿Actas? Ni una servilleta escrita.
Basta caminar por el centro para entender el absurdo: cables que cuelgan a la altura del sombrero, otros que rozan camiones, algunos que parecen decoración permanente. La norma está, los cables están, el peligro está… lo único ausente es la fiscalización.
El ex concejal Jaime Canales lo resume con ironía quirúrgica:
“Parece que los cables tienen más protección que los vecinos”.
Y no le falta razón. Porque resulta incomprensible que, existiendo una ordenanza vigente, con multas definidas y un riesgo evidente, nadie ni antes ni ahora se atreva a aplicarla.
Curicó no puede seguir normalizando este paisaje urbano digno de abandono. No se trata solo de estética, sino de seguridad, orden y respeto por la ciudad. No es falta de ley, es falta de voluntad.
Si la ordenanza existe, que se use.
Si los cables están bajos, que se fiscalice.
Y si hay que multar… que vuelen las UTM.
Porque Curicó no merece un cielo enredado ni calles que parezcan una prueba de obstáculos. Ya no es falta de normas. Es falta de acción.











