Por: Carolina Torres, ex seremi de Agricultura.
En nuestra región el problema no es técnico. No es económico. No es siquiera de recursos. El verdadero problema es político. Y la evidencia es contundente: seguimos hablando de calidad de vida, desarrollo económico y acceso a servicios básicos como si fueran sueños, cuando deberían ser derechos garantizados hace años.
¿Dónde está la gestión? ¿Dónde está la política que soluciona, que empuja, que se hace cargo? Les pongo un ejemplo brutal: un sistema de Agua Potable Rural, indispensable para miles de vecinos, se demora en promedio ocho años en concretarse ¿Cómo puede una necesidad tan básica estar atrapada en esa inercia? Esa mala gestión nos cuesta progreso, nos cuesta salud, nos cuesta dignidad. Y no hay excusa que valga.
Soy mujer y ciudadana y me duele preguntarlo, pero ¿cuál ha sido el verdadero aporte de nuestros parlamentarios al desarrollo regional? ¿En qué momento dejaron de ser impulsores de soluciones para convertirse en relatores de excusas? Basta con echarle la culpa al gobierno de turno. Esa narrativa desgastada, esa resignación cómoda, no resiste más. No se trata de si estamos o no en el oficialismo. Se trata de tener coraje político, capacidad de negociación y voluntad para resolver.
Hoy la ciudadanía exige resultados y no discursos, porque cuando falta un médico especialista en nuestros hospitales, no se le puede decir al paciente que fue culpa del presupuesto nacional o cuando una familia espera años por agua potable, no podemos responderles que el problema es burocrático,¡¡¡ No,!!! El problema es la falta de acción política concreta.
Nuestros parlamentarios, de todos los sectores, se han acostumbrado a usar la excusa como arma. La excusa para atacar, para justificar su inacción, siempre falta algo, siempre hay una razón para no hacer. Y esa cultura del pretexto ha reemplazado a la política que alguna vez se hacía con sentido de urgencia, con amor por el territorio y con compromiso con las personas.
Volvamos a esa política. A la política que no le teme a la rendición de cuentas, a la que entiende que el servicio público no es un título, es una responsabilidad que se renueva día a día con hechos, no con frases hechas. Volvamos a la política que lograba cosas, a la que, con menos recursos y más adversidades, pavimentó caminos, trajo escuelas, armó consultorios y defendió la agricultura familiar. Volvamos a hacer política desde la calle, desde el campo, desde la feria, desde donde la gente vive su día a día y espera, con justa razón, que la política vuelva a ser útil.
En este momento de apatía generalizada, donde millones votan por obligación y no por convicción, necesitamos levantar una nueva manera de hacer las cosas. Una politica que se atreva a mirar sus propias falencias, que entienda que ser oposición no significa ser pasivo o que no significa mirar desde la galería mientras el país se cae a pedazos.
La política no puede seguir secuestrada por el cálculo, por los intereses personales o por la comodidad parlamentaria. La política debe volver a ser la herramienta con la que transformamos la vida de las personas y para eso, debemos ser valientes. Valientes para exigir más a nuestros representantes. Valientes para reemplazar a quienes ya no están a la altura. Y valientes para proponer, desde la razón, pero también desde el corazón, un nuevo pacto de confianza entre ciudadanía y Estado.
Porque si queremos progreso, hay que volver a hacer política en serio.










